Aplicaciones que venden tu localización

Lo más preocupante en esta situación es que esos datos van a ser enviados para  ser utilizados por terceros, sin el conocimiento o la autorización de los usuarios.

Datos vendidos sin autorización

La llegada de aplicaciones móviles ha permitido simplificar multitud de tareas, utilizamos las apps a diario para salir a correr, hablar con amigos o incluso hacer alguna receta de cocina.  Una amplia investigación realizada por el periódico norteamericano New York Times ha revelado que muchas de estas aplicaciones están vendiendo datos de localización sin nuestro consentimiento a empresas externas. El hecho de llevar continuamente nuestro dispositivo encima es un caldo de cultivo generoso para que se pueda traficar con esta información.
La noticia publicada por el medio norteamericano informa que muchas aplicaciones para iOS y Android recopilan datos sobre la localización de los usuarios para posteriormente lucrarse. Algo que, sin duda, atenta contra la privacidad de los usuarios.   
La investigación de The New York Times muestra que muchas aplicaciones, aparentemente inofensivas, son capaces de rastrear nuestra ubicación a lo largo del día, recopilar datos y posteriormente venderlos, y ya sabemos el gran valor de los datos en Internet. Algunas de las aplicaciones de iPhone que se instalan en el dispositivo están vendiendo la localización del usuario sin que éste sea consciente, lo que pone en duda la seguridad de los datos que compartimos con nuestro teléfono móvil. 
Investigadores de la firma de seguridad GuardianApp han descubierto que docenas de aplicaciones populares para iPhone y Android están vendiendo los datos de ubicación de cada uno de los usuarios a distintas empresas de monetización de terceros. 

Usuarios desprevenidos

Estas aplicaciones que venden datos de localización de los usuarios piden previo acceso a la ubicación para funcionar, así como permisos a la hora de descargar o instalar una aplicación, que nada tienen que ver con el programa en sí, pero parecen estar vendiendo datos en segundo plano para ganar un dinero adicional.  
Muchos usuarios, seguramente desprevenidos o por desconocimiento, aceptan esos permisos, incluido el envío de datos de posicionamiento. Lo más preocupante en esta situación es que esos datos van a ser enviados para ser utilizados por terceros, sin el conocimiento o la autorización de los usuarios. El 47% de las aplicaciones móviles más descargadas envían la ubicación del dispositivo a terceros, mientras que el 18% mandan el nombre del usuario y el 16% comparten hasta su dirección de correo electrónico con otras empresas, datos que las apps venden para conseguir financiación a empresas publicitarias. 

Una práctica ilegal

Esta actividad que realizan las aplicaciones móviles a empresas ajenas es una práctica ilegal pero que llevan a cabo casi la mitad de los desarrolladores de apps, según datos de la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos. Esto muestra que el tráfico de datos se produce no sólo debido a la negligencia de los usuarios al aceptar condiciones de uso, sino también a causa de las propias aplicaciones. 
Dentro de esta investigación el caso que más han destacado es el de Ms. Magrin, una maestra de escuela de 46 años que ha sido contactada por el New York Times, cuyo patrón de ubicación es único, pero sus desplazamientos hacia el trabajo o actividades más mundanas ha sido sido monitoreados por una aplicación del tiempo que recoge su ubicación 14.000 veces cada día, lo que prueba que estas aplicaciones tienen un control máximo sobre los movimientos de quienes utilizan esos programas, y vende esta información sin que ella lo sepa.
La aplicación no vende los datos, sólo los patrones, y aunque no obtuvieron información personal suya, sí pudieron contactarla a través de su trazado de ubicación, lo que quizás sea el dato más peligroso a reseñar, pues es por lo patrones que se puede descubrir el lugar de vivienda de los usuarios.
Los datos que estas aplicaciones venden están recopilados con propósitos de marketing y aunque a los negocios no les importa saber que la señora Magrin trabaje en una escuela, sí están interesados en conocer que dicho cliente después de trabajar vaya a locales de comida rápida, de compras, o a hacer running. Con esos datos, la publicidad está servida.

No es una práctica inofensiva

La vida del ciudadano común se ubica en dos lugares en común que tenemos en el día a día, dónde vivimos y dónde trabajamos, y quizás una maestra de escuela no sea una ubicación que merezca la pena rastrear, pero hay algunos trabajos que tienen mayor sensibilidad.
Los desarrolladores de dichas aplicaciones consideran que esta es una práctica inofensiva” dado que no se tienen datos de identificación personal. No obstante, los investigadores de seguridad señalan que las coordenadas de latitud y longitud se pueden usar fácilmente para localizar a la persona con gran precisión.
A fin de ser prevenidos y que estas situaciones no continúen sucediendo, el consejo es leer con más atención las políticas de privacidad y uso de datos de cada una de las aplicaciones que se instalen en el teléfono, dado que nuestra responsabilidad es saber qué se instala.
 
Sergio Maldonado, director ejecutivo de PrivacyCloud, ha afirmado que el nuevo reglamento de protección de datos pone énfasis en que sean los usuarios los que tomen el control de su propia información y sean ellos mismos quienes decidan qué datos ceder y a qué organizaciones. La compañía ha asegurado que el tratamiento de datos no se respeta en el mercado publicitario, por lo que propone consejos de financiación para los desarrolladores sin necesidad de violar las normativas.
La primera de las sugerencias es no vender los datos de usuario, ya que aunque un usuario acepte las condiciones de uso durante la instalación esto no da derecho para revelar datos íntimos. A su vez, se insta a que los desarrolladores no sean partícipes del mercado ilegal de datos y que se limiten a manejar los datos que de forma voluntaria han sido compartidos. El último de los consejos está relacionado con evitar la creación de programas que se adquieran mediante pago, ya que los usuarios, por norma, no están dispuestos a pagar en contraprestación.